La luz de la lámpara le cegó los ojos. Intentó taparse con la manta pero, de repente, su padre lo agarró bruscamente de los hombros y lo sacó de la cama. Joshúo empezó a llorar amargamente y su padre no dudó en arrojarle agua fría a la cara y darle una bofetada. -¡Cállate ya!, y ahora mismo ve al taller. Aquí si no madrugas a trabajar no comes-le gritó el viejo. El niño lo miraba tristemente cubriéndose el cuerpo y tiritando de frío, viendo a aquel ser mezquino gritándole bajo la mortecina y cegadora luz de la lámpara que danzaba como un péndulo. Y con la cara roja, Joshúo se calzó unas chanclas de madera, cogió un mendrugo de pan para desayunar y salió de aquel sótano en el que dormía, subiendo por unas escaleras oxidadas.
Joshúo era un niño pekinés de 11 años que vivía con su padre en un taller de zapatos. Nunca conoció a su madre y tampoco sabía nada de ella, pues las últimas veces que intentó preguntarle a su padre por ella, recibió tremendas palizas; como si la mujer hubiese hecho algo realmente malo y el viejo odiara el hijo que le dejó. Lo único que logró averiguar en todo este tiempo era que había desaparecido una noche, cuando él tenía 4 años. A pesar de ser el hijo del dueño del taller, el viejo lo obligaba a trabajar fuertemente, sometiéndolo a un régimen inhumano, igual que los demás niños que su padre tenía como empleados en el taller; igual que muchos otros cientos de niños en China.
Ese día, Joshúo subía las escaleras muerto de cansancio y daba grandes mordiscos a su pan, esperando que no se le acabara. Cuando puso un pie en la superficie, en el taller, recorrió el perímetro encendiendo las tenues luces que apenas iluminaban el extenso recinto. A cada interruptor que presionaba, una lámpara le mostraba hileras de máquinas para zapatería, siniestras. Cuando terminó de encender las luces, activó el mecanismo que hacía funcionar a aquel ejército de autómatas de vapor que movía las grandes cintas por donde pasaban los zapatos. A esas horas de la mañana aquel ruido era bastante ensordecedor, y el olor a gasolina y aceite siempre le producían náuseas a Joshúo.
Cuando Joshúo escuchó los golpes en la gran puerta principal, sonrió un poco. Ya estaban aquí sus amigos. Entonces empezó a quitar los candados y las cadenas que ataban la puerta de acero y madera y la abrió de par en par. La calle dibujó con niebla un numeroso grupo de famélicos chiquillos que saludaron a Joshúo y empezaban a desfilar con mucha melancolía. Joshúo los miraba uno a uno junto a la puerta mientras pasaban a su lado, como un grupo de Judíos en un campo de concentración: tristes, grises, cabizbajos, iguales. Cada uno ocupaba su puesto y cogía su lata de pegamento, sin sonrisas ni bromas. Entonces los zapatos desmembrados corrían por las cintas y cada fila de niños se encargaba de hacer lo suyo: el primero les echaba pegamento, el segundo ajustaba las suelas, el tercero les colocaba los cordones y el último se encargaba de ponerles betún para que quedaran brillantes. Joshúo también hacía lo mismo en la última fila, brillaba y brillaba, uno tras otro, rápido, más rápido; pues el viejo no tardaría en emerger de su habitáculo para empezar a dar gritos.
Ese día Joshúo se percató de dejar la puerta entornada. Y mientras aplicaba el brillo a los zapatos la miraba nerviosamente, hasta el punto de embetunarse sus propias manos. Entonces se concentraba en no cometer más errores, porque si su padre lo veía así, le daría una buena paliza allí mismo. El viejo ya llevaba rato soltando improperios y bofetones, y como él era su hijo, no despegaba los ojos de la última fila. -¡Más rápido!, ¡brilla!, ¡pega!; y al son de los sonidos mecánicos, los niños trabajaban como robots sincronizados en una perfecta coreografía; casi programados. Todos sabían lo que le había pasado a Katsuní la semana pasada: un mal ajuste, le costó una costilla; un par de zapatos le costó la libertad.
Mientras hacía su trabajo, Joshúo recordaba lo grande que era el nuevo estadio donde se celebrarían los juegos olímpicos. A pesar de que lo había visto de lejos creía que era lo más bonito que había en el mundo y que allí la vida era distinta. Se imaginaba corriendo con sus amigos por sus alrededores, esperando a que en cualquier momento llegara el gran pájaro de acero a su nido. Entre zapato y zapato, entre sueño y sueño, Joshúo echaba una mirada al resquicio de luz que dejaba ver la puerta entornada. Esperaba su momento. Sus piernas temblaban. Pudo hacerlo antes, pero le faltaron fuerzas. Joshúo se armó de valor y sin pensarlo puso rápidamente su brazo sobre la cinta que traía lo zapatos, bloqueándoles el paso, de manera que todos se amontonaban en ese sitio. El brusco sonido llamó la atención de todos sus compañeros y el miedo se apoderó de ellos. Cuando su padre vio lo que hacía el chiquillo, montó en cólera y caminó a grandes pasos hacia él con las manos empuñadas y la cara roja de ira; pero cuando el viejo llegó, Joshúo le roció la cara con una lata de pegamento caliente que llevaba escondida y corrió hacia la puerta como alma que lleva el diablo. Los demás chicos observaron el espectáculo y se quedaron paralizados, viendo cómo su amigo corría calle abajo perdiéndose entre la bruma, dejando atrás una infancia que se desvanecía.
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La cálida luz del sol Californiano despertó a Randy y el reloj le anunció que ya era tarde para ir a estudiar. De un fuerte golpe calló la alarma que molestaba y en ese momento entró su madre advirtiéndole que el autobús se iría y que el desayuno se enfriaba. Randy intentó dormir otro poco más pero al final se levantó, estirando sus brazos y bostezando. Se vistió rápidamente, se echó agua en la cara y cuando se iba a calzar los zapatos, se sorprendió al ver que la suela se desprendía dejando restos de pegamento.-¡Mamá!- gritó Randy. Cuando su madre llegó, se molestó mucho al ver lo que había pasado. Entonces la señora cogió los zapatos e intentó ajustar la suela; al hacerlo, le llamó la atención una etiqueta que había en el interior y que decía:" Made in China"
Brändon H. M.
espero que le este llendo bien en el study
chao y muchos exitos (ojala puedan venir este año):::